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ANTONIO MATEOS MARTÍN DE RODRIGO


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LA
PALABRA

“EXTREMADURA”
(Historia, crítica etimológica e historiográfica y restitución de su significado).


(refundación de la teoría de las “extremaduras”, inicialmente “zonas de pasto”, situadas en las primeras fronteras cristiano-musulmanas y, a partir de Nebrija, “invernaderos”, en base, además, a la triple división del territorio de los reinos cristianos que dedicaban los “extremos” de sus poblaciones al pasto de los ganados y que generalizaron la denominación al mejor y mayor grupo de zonas de pasto, las actuales Extremaduras hispano-portuguesas, situadas sobre los invernaderos musulmanes, objetivo estratégico de la Reconquista según los resultados del estado actual de la historiografía medieval).


MI TIEMPO YA TIENE SU PALABRA
El tiempo trae palabras en las manos,
deseo vertical, y trae respuestas
donde se van pudriendo los olvidos,
...
Hay que esperar que el tiempo
se deshaga en el barro y que madure
la simiente enterrada ( ... ).
Mena Cantero, Francisco.

Depósito Legal. BA-19-04.

miércoles, 23 de enero de 2008

INTRODUCCIÓN: RECUERDOS DE INFANCIA: LLERENA CIUDAD DE MIL Y UNA OVEJAS MERINAS.







Y había plantado Jehová Dios un huerto en He-
dén al oriente y puso allí al hombre que formó.

... Tomó , pues , Jehová al hombre y púsolo en el huerto de Hedén para que lo labrase y lo guardase.
Génesis, II , v s. 8 y 15.
...
Y fue Abel pastor de ovejas y Caín fue labrador de la tierra.
Génesis, I V, v.2.[1]

Luego plantó Yahveh Dios un jardín al, oriente, donde colocó al
hombre que había formado.
...
Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén para que lo labrase y lo cuidase.
Génesis, II, v s. 8 y 15.
...
Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador.
G
énesis, IV, v. 2.[2]

En algún diccionario enciclopédico de principios del siglo XX leí que, en la ciudad de Llerena, se encontraba la estación de ferrocarril con mayor tráfico de ovejas trashumantes. En mi infancia fui testigo del embarque, en vagones-jaulas, de estas ovejas en aquella estación; el trasbordo se realizaba desde un embarcadero especial que los niños llamábamos el “castillo”, por sus falsas almenas; en realidad eran estas los vanos situados a distintas alturas y que servían de acceso para las ovejas a los diversos pisos que formaban los vagones.

En aquella época, finales de los años sesenta y comienzo de la decadencia de la estación, durante la primavera atravesaban por las calles de Llerena miles de ovejas merinas. Venían “a casa de la Condesa”- de Rojas-, entrando en la ciudad santiaguista por el “Portillo” de Cedaceros, próximo a mi calle de “la Cruz”, dejando a la derecha la “Plazuela” del Teatro; su visita anual tenía como fin el ser esquiladas; esta operación se realizaba en las traseras del “palacio” de la “condesa”, una de cuyas puertas daba a la calle Andrés Cabezas. No recuerdo si hubo aquí competiciones de esquilado, al estilo australiano de las teleseries, pero aún recuerdo aquellos olores singulares: del denso polvo que levantaban a su paso por las calles, aún de tierra, de los excrementos - las “cagalutas” -, de la lana aún sucia, del desinfectante azul que se aplicaba a las heridas producidas por las “maquinillas” de esquilar... Estas salían de unas tétricas máquinas negras y esqueléticas, comprensores supongo ahora.

Los esquiladores hacían su oficio como un “arte”, según mi entender infantil que admiraba la rapidez, precisión y belleza de la ejecución así como el pasmo emocional de las ovejas.

Tras las rejas de madera, situadas en las puertas para evitar la evasión, el espectáculo se repetía una y otra vez al salir del, entonces, próximo Colegio de Ntra. Sra. de la Granada (una de mis primeras aulas estaba a su vera).

Y, como en cualquier otro espectáculo, por ejemplo un matrimonio de “quinquis” que todos los años se aposentaba en el “picadero” con su carromato de lona amarilla, había aglomeraciones de niños; entonces percibíamos lo menos bucólico del pastoreo; el enrejado de madera, contra el que los situados en primera fila pegaban sus narices y manos, estaba embadurnado de excrementos...

De vuelta a la dehesa las ovejas “peladas”, a plena luz de la primavera llerenense, parecían legión de esqueletos por su extrema delgadez y por su inmaculado color.

También había en Llerena otras ovejas; pero estas no eran nada bucólicas. Su pastor, un muchacho deficiente, nos apedreaba y azuzaba el perro, cuando, con el balón, nos introducíamos en el “lejío del Gato” para jugar al fútbol. No entendíamos que el “lejío”, a partir de octubre, perteneciese a las ovejas, por mucha “X” -“coto” significaba- que hubiesen pintados sus derecho habientes en las “Piedras Baratas” y “del Obispo” o en las paredes de los corralones y de las casas del “arrabal” que daban al “lejío”.

De aquí que más de una vez hubiésemos de subir a la Sierra de San Miguel para poder jugar al fútbol en una explanada situada frente a “la mina”.

Y es que las pacíficas ovejas siempre tuvieron gran relevancia y exclusividad en en la paz y en la guerra... hasta el extremo de dar lugar a la contienda más larga de la Historia de España: la Reconquista.


[1] Biblia del Oso. Libros Históricos (I), según la traducción de Casiodoro de Reina publicada en Basilea en el año 1569, edición de Juan Guillén Torralba. Ediciones Alfaguara. Madrid, 1987

[2]Biblia de Jerusalén, Editorial Desclée de Brouwer, S . A. Bilbao 1992.